29 de octubre de 2014

TORERIA (Manzanares, in memoriam)


El día 1 de mayo de 1992 toreaba en Sevilla José Maria Manzanares una corrida de Atanasio Fernández, junto con El Capea y Ortega Cano. En su cuadrilla, vestido de verde y azabache, iba de segundo Manolo Montoliú,  al que el primero de la tarde partió el corazón a la salida de un par de banderillas.

Consternación general, en una de las tardes de toros mas inhóspitas y amargas que yo recuerdo. Manzanares no hace declaraciones (“ahora no”, fueron sus palabras). Manzanares calla mirando al infinito y en medio de los murmullos de la capilla ardiente, lanza una pregunta que no va dirigida a nadie en particular: ¿cómo se queda la familia?. La pregunta no obtiene respuesta, se queda colgada en el aire. Los presentes siguen con sus conversaciones a media voz.

La temporada sigue, la vida debe continuar. Montoliú es substituido. La cuadrilla recompuesta, con su matador al frente, repite su frenético trajín atravesando España de punta a punta, una y otra vez. Zaragoza termina la temporada: el sosiego.

Finales de octubre. Manzanares se presenta, solo, en casa de la viuda de Montoliú. A penas se conocen, la emoción hace que la situación sea tensa, incomoda, las palabras brotan con dificultad. El matador lleva un sobre en la mano. Se lo entrega a la señora y  tras unas atropelladas frases de despedida, se marcha.

La mujer abre el sobre, son billetes. Es la liquidación…de la temporada completa.

Descansa en paz, ¡torero!

 

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